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Ciudad Poliedro. Dancin para dos.

 Germán Rodríguez Sosa, 1994. Poeta y Periodista Cultural.

 

Como corresponde a un ser mágico, el ángel se desliza incorpóreo entre columpios, subeybajas y resbaladillas en el Parque España. Sólo Eusebio Rubalcaba lo advierte porque se ocupa de testificar alianzas cachodeos y otros portentos entre asombros y nostalgias en los zaguanes, ejes viales e iglesias del Poliedro. Sibarita empedernido, viajero de la sensualidad, escritor incorregible y hasta afinador de violines, Ruvalcaba registra el suceso en prolífica bitácora de la que han salido sueños y provocaciones tales como “¿Nunca te amarraron las manos de chiquito?”, “Un hilito de sangre” (premio Agustín Yáñez y coco de Sanborn´s People) y “Músico de cortesanas”. La fauna trashumante se cruza en sus páginas con las caravanas lujuriantes, los ecos prófugos de las villas provinciales y los aullidos asfálticos. Humillaciones y milagros. Seres abyectos y adolescentes promisorios. Ligueros al aire y crímenes impunes en la épica Ruvalcabiana, que se embriaga de vitalidad en las tabernas, callejuelas y otros sacros espacios de Nueva Tenochtitlán, ciudad amante, madre, prostituta, hada, celadora, hermana…

       Un-dos: hallamos a Eusebio frente a San Fernando, con una mano en la cintura de Ciudad Poliedro y otra dando de comer a las palomas del deseo. En el panteón aledaño a la iglesia-reliquia, Isadora Duncan desenreda sus velos entre lápidas y mausoleos: la certidumbre del rumor ubica la tumba de la Diva aquí, reducto de Neoclasic Port en porfiriano Look. Tres-cuatro: inquirimos a Eusebio sobre la ciudad. Él contesta a bocajarro: “Una amante despiadada, imprevisible, exasperante y seductora, ante la que palidece de envidia la más intensa de las mujeres. ¿Qué esperábamos de semejante portento? ¿Algodones de azúcar, melcocha, bombones?… O esta mujerona que te agarra de las solapas y te dice ¡Aquí estoy, jijo del maíz, no me olvides!”… Cinco-seis: y no olvidamos. Esquina de Guerrero y Puente de Alvarado. Desde el mirador de la cantina “El Mirador”, un mirador profesional desviste a México Ciudad. Siete-ocho: Eusebio Ruvalcaba baila mambo con la Musa Urbana.

 

       II

       Si de streap-tease se trata, contemplamos azorados el teológico-pictórico desnudamiento de Julio César Villalva en sus cuadros-retablos, lienzos exvoto y altar en que se adoran lo sacro y lo profano. Egresado de Esmeralda escuela-tradición (muy cerca del panteón de San Fernando, por cierto); Villalva se obsesionó con las vírgenes dolientes, Cristos fragelados y otros prototipos teofánicos que entonan el rosario del martirio en las capillas e iglesias del Prisma: allá en San Pablo, cerca de Correo Mayor, en Santo Domingo a la vera del Señor de la Inspiración, o en Catedral mismísima Metropolitana al amparo del Señor del Veneo, bellísimo Cristo negro a quien veneran los suicidas en potencia, náufragos, beatas irredentas y otros arquetipos del desamparo existencial.

       El caso es que Villalva, talento insurgente, traslapa la huella de la herencia eclesial y la imprime en sus cuadros desenmascarando la falacia de los limbos, la inutilidad del purgatorio, la imposibilidad de los reinos celestiales en un mundo-infierno presidido por la Emperatriz de la violencia, Virgen del Horror. Teofánicas transmutaciones. Pictóricas apariciones. Los altares sincréticos de la ciudad se metamorfosean y multiplican en la obra de Villalva, obispo del Apocalypsis Now, antro de moda.

       Seis de la mañana. Iceberg de la madrugada. Vela Perpetua se despereza en el box-spring de la intemperie. Sor Letanía de los Lamentos dirige el coro al que se suman ladridos y claxons. Nuestra Señora de la Merced, coronada de trenzas, se dispone a vender nueces y pistaches a los transeúntes de Isla Circunvalación. Muy cerca, Fray Servando Teresa de Mier redacta un manuscrito libertario. El Sagrado Corazón de la ciudad late en el aire, derramando-consagrando su preciosa sangre a sincrética deidad: Jesús Huitzilopochtli, cargador que se persigna antes de sobarse el lomo con huacales, bultos, costales y otros accesorios-tameme. Julio César Villalva dibuja la escena. Muy pronto en sus cuadros la misa del dolor, el ángel que vio Ruvalcaba, la corte-procesión de los milagros sin capilla, nicho ni altar. Entretanto la Muerte, en primer plano de un lienzo, ofrece flores al espectador. Quién desdeña a la Dama. La invitamos a bailar.

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